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  • Amor R Girgenti

Las violencias de mi linaje se acaban en mi

A veces en meditación me llega información que me dan mis guías o mi yo interno. No me sucede a diario, sí a menudo. Y me vino hoy mi hija: la diferencia de crianzas, suya y mía; la diferencia de centros educativos; la diferencia de intereses y finalidades manifiestos que los progenitores (mis padres entonces, mi pareja y yo ahora) ponemos en la educación. Y he sabido con claridad algo que hace años deseo: en mí se acaba la espiral de violencia. En mí se acaba la espiral de violencias recibidas por las mujeres de mi linaje. Toda mi consciencia e interés están puestos ahí: las violencias de mi linaje se acaban en mí.



Siempre tenemos elección en la vida. Siempre. Es algo que he sentido en lo más profundo de mi ser desde mi infancia. Algo a lo que mi padre hacía alusión a lo largo de toda mi infancia y juventud... y algo que, mira tu por dónde, he podido experimentar en 1ª persona en mi vida adulta, en situaciones un tanto límites. También es un hecho que después me confirmaron los Registros: se trata del famoso libre albedrío de las almas. Porque somos libres en este plano físico, pero también somos libres como almas, tras dejar atrás nuestro cuerpo... y como almas que habitan un cuerpo físico, también.


Meditando hoy, recibía información sobre esa espiral de violencias que, bajo el nombre de cultura y tradición, nos ha sido impuesta a todas las almas que en algún momento de la existencia ocupamos un cuerpo de mujer. Y esto viene de muy antiguo. Por mis estudios establezco que hace unos 100.000 años (este dato lo doy ahora, pero falta pulir) estábamos aun bajo ese otro mundo igualitario, no violento y respetuoso con el planeta llamado matrística por Marija Gimbutas, una arqueóloga a la que sigo y admiro hace años.


Pero aquella era pasó, no sé aun si "gracias" a la llegada del sapiens sapiens, especie a la que pertenecemos hoy. Sea como fuere, tras aquella era de la matrística que tanto me atrae, nos vimos sumergid@s en una espiral de violencia inusitada, donde lo femenino sufría la parte más dolorosa. Y es normal, puesto que nos transformamos en una sociedad que pasó a regirse por la imposición física violenta, frente a la observación y el agradecimiento a la Naturaleza (la 1ª madre) que se dió anteriormente. Pasamos a dar importancia a la dominación, a la fuerza bruta, en vez de a la escucha y el respeto; pasamos a imponer por medio del miedo en lugar de utilizar la compasión, la sensibilidad y el cariño; de trabajar en ritmos acordes al planeta y hacerlo en grupo, a marcar un ritmo de trabajo más forzado y empezar a producir un excedente con el que comerciar...

Y así entramos en la era del con el sudor de tu frente.


Dentro de un tal cambio de paradigma (fueron varios miles de años de transición entre lo uno y lo otro, y no sé aun la extensión del fenómeno en sí: dadas las cronologías, tiempos y datos disponibles, es extremadamente complejo) es normal que esta nueva sociedad se ensañara con la menos fuerte. Y menos fuerte no por menos valiente, o menos mentalmente fuerte, sino porque físicamente levanta menos peso, da golpes menos demoledores y tiene más emociones que gestionar, entre otros motivos, a causa de su capacidad de dar vida.

Es muy curioso darse cuenta de cómo poseer esta capacidad que nos equipara a Madre Tierra, la de dar y acoger vida, maternar y proteger para permitir crecer, es lo que nos hace, a las mujeres, no desconectarnos, o desconectarnos en menor medida, de lo esencial.



Volviendo a lo que me venía en mi meditación, he sentido claramente cómo no se trata de sacar el odio y verterlo en el otro (aunque es muy loable sanear), ni tampoco se trata de asumir formas violentas para ser escuchadas (aunque si una tiene que defenderse en algún momento y no queda otra, creo que está claro) .. se trata de plantarse. De decirse basta a una misma, con la mano en el corazón... y empezar a mirar. De mirarse. De mirar todas esas acciones, detalles, gestos... todos esos momentos de no sé y como no sé vuelvo a una antigua dinámica disfrazada... las antiguas dinámicas disfrazadas son muy fáciles. Y muy peligrosas, porque cuestan de ver.


En una antigua dinámica disfrazada solo hay que cambiar el empaque, la forma, y por lo demás seguir haciendo igual. Se trata de gritar a mis hijos porque me sacan de mis casillas día sí día no, y yo estar muy segura de mí porque me visto de marca y vivo cómodamente (no como mis padres, pobres) y ya les doy mucho (material) a mis hijos, más de lo que yo nunca recibí. Y que no me coman el coco ahora... o soy quizás muy jipi y abierta de mente (no como mis padres, tan carcas y cerrados), y después de lo que he estudiado y todo lo que he viajado y sé, bueno... los niños... niños son ¡la vida es dura!... o incluso llevo a mis hij@s a un cole guay, de estos de pedagogía alternativa, uno de esos con los que yo ni soñé. Y eso (pienso) me da licencia a actuar exactamente con la misma falta de mirada, de amor, de ternura, de querer entender, de cariño y respeto... que yo recibí. Como ya se encargan en la escuela, pues total, reproduzco mis patrones y ya... por dios, tampoco nos volvamos locos...


...


Y luego está la otra opción, la que (nos) libera y cambia patrones de raíz y define la realidad con otros ángulos y colores, esa.... pero esa es la manera difícil, claro, la que implica un cambio interno, real y profundo. La que va de cuestionarse y mirarse, aun habiendo hecho cambios significativos en la calidad de vida de nuestr@s hij@s... cambios que ya son de agradecer, importantes. Y que han requerido un gran esfuerzo. Pero que no cambian patrones internos. No curan el desamparo, ni sanan la herida primal. Y sí, así es.

Y es que esa manera difícil es la única que de verdad tenemos para decirnos basta a nosotras mismas y cambiar así, de raíz, el patrón de violencia heredado.



Basta de miedos que nos llevan a la repetición... basta de juicios, de clichés que perpetúo, ahora desde el otro bando. Basta de dolor, de gritos y de falta de mirada, todo encubierto en un con todo lo que ya hago por ti, o por vosotros...


Se trata de mirarnos a nosotras mismas y ser honestas y valorar si de verdad lo que hago me hace sentir cómoda y segura, o si por el contrario me exige esfuerzo y me hace aflorar nuevas preguntas. Preguntas a las que tengo que buscar solución, para entender(me). Porque si en mi vida nunca tuve educación sexual y mi hijo me hace preguntas explícitas sobre su sexo... ¿qué le digo? ¿busco la mejor respuesta? ¿le digo que no sé e investigo? ¿o escurro el bulto de cualquier manera (repito patrón) y sigo sin mirar? ..

Repitiendo esquemas, sin pensar, solo pendiente de mí y de comentarlo con mis amigas, lo cual es ya una proeza de avance, porque mi madre...


Espero que nadie se sienta mal por lo que escribo, no es mi intención. Escribo desde mi propio sentir y experiencia. Para mi decir basta no es eso. Decir basta - en cualquier ámbito - es pararse. Parar. Mirarse. Mirar. Reflexionar. Buscar el origen de la incomodidad. En mi caso, por ejemplo, son mis 12 años. Menarquia a los 12 recién cumplidos, no haber nunca hablado una palabra en casa sobre el tema, ni hacerlo después. Sensación de vacío, de estar perdida, mal. Yo era nadadora, federada. Era verano. Hacía mucha calor... estaba en la piscina del club deportivo donde entrenaba (había unas 4 piscinas inmensas) vestida, sin bañador. Sin entender bien porqué me pasaba eso. Sintiendo el pensamiento de"maldición de la feminidad" que me rodeaba por parte de mi madre. Una especie de exclusión-castigo natural-pobrecita-pena-lástima, más tabú y rechazo por parte de mi familia... ¡ahí es nada!


Pues ahí llego si quiero cambiar mi modelo respecto a mi hija. O sea, el modelo de mi hija. Su vivencia. Su aceptación de quién es y cómo se siente, que le influirá en su psique de por vida, sin poderlo evitar (del mismo modo que mi tipo de crianza influye en su apego y autoestima adulta, y no lo puedo evitar).


Hay una conexión íntima, sagrada, que se va a establecer entre mi hija y yo cuando sea su momento. Una relación que me da vértigo solo de pensar y que ni sé cómo voy a construir; lo único que sé es que lo haré. Que estará llena de palabras claras, de honestidad, de sentir, de sentimientos sinceros, de amor, de apoyo, de escucha incondicional y de respeto. Y para eso me voy a olvidar de mí. No de respetarme, ni de quererme, ni de dedicarme tiempo... sino de mis miedos. Me voy a olvidar de mí porque mis miedos me hacen ser quien soy, también. Y si no quiero repetir esquemas de desolación, me voy a olvidar de mí y de mis miedos. ¿Sabes por qué? porque he dicho basta. Y lo he dicho de verdad.


Quizás te preguntas cómo puedes llegar a esta información de herida primal en esta u otras vidas, para así poder sanarla. Te comparto las 2 soluciones de las que me sirvo y que aplico en terapia: una es la meditación, la otra es la terapia regresiva. Ambas son muy buenas opciones para rescatar esta información útil y perdida en nuestra mente. Quizás la terapia regresiva tenga un espectro más amplio y sea más rápida, pero ambas sirven.


Muchas veces, el simple hecho de identificar y llegar a entender el origen de un sentimiento o comportamiento es extremadamente sanador. Sucede un poco como con (parte de) la transgeneracional o la psicomagia: se libera la información atrapada en el subconsciente (o inconsciente), de manera que el hecho en sí de traerla a la consciencia resulta sanador de por sí.


La mente es maravillosa, mágica, y el potencial que tenemos para crecer cara a nosotras mismas, nuestra alma y las personas que nos rodean es realmente increíble. La vida nos puede cambiar en un momento a algo mucho mejor. El primer paso es superar el miedo.


L@s hij@s, para las que somos madres, son una oportunidad de sanación extra. Porque sanando nosotras, les aportamos a ell@s un nuevo esquema de vida. Y hacer algo así es, para mi, un acto de amor tan sublime como hermoso. Es una liberación que se crea desde el amor, que se ejerce con total libertad y que todas las generaciones que nos sucedan nos agradecerán, lo sepan o no. Ya se harán cargo de ello sus subconscientes (o inconscientes).



Retomo ahora el inicio de esta entrada para añadir que no pienso que cualquier tiempo pasado fuera mejor. Lo digo porque no sé si he dado esa impresión.

Leo con relativa frecuencia reivindicaciones de vuelta a la Madre, de respeto a la Tierra y de cambios de paradigma en muchos sentidos. Y comparto ese deseo y siento también la necesidad de cambio... pero, en primer lugar, no creo que ningún tiempo pasado fuera mejor que el actual. Aun con nuestros problemas mundiales, pobreza, cambio climático (por los motivos que sean) y contaminación... aun así, vivimos mejor, con más calidad de vida y más posibilidades en cualquier parte del planeta que en cualquier otro momento histórico.


Es solo una cuestión de datos históricos, de estudiar nuestra presencia en el planeta en profundidad. Cuando hablo de matrística lo que me mueve, aparte del gusanillo de saber, es investigar para recuperar ciertos conocimientos y valores que nos serían muy útil como sociedad. Y que de hecho, sé que terminaremos recuperando... y por lo que respecta a nuestro momento actual, todo cambio reside y comienza por el propio. Lo único que nos es posible realizar ahora es el cambio propio, el personal. El que incumbe a nuestra propia visión y sentimientos. Un cambio que nos haga partir del amor y la comprensión, no del ataque y el odio. Nuestro cambio personal será el que dé lugar a un cambio de acciones concretas en el mundo. Mirar fuera, criticar, pretender cambios conjuntos sin haber comenzado por sí mism@ no nos lleva a absolutamente ningún lugar.


De nuevo en los Registros Akáshicos se ve muy claro cómo nuestras elecciones, transformadas en acciones, son las que dan lugar a nuestra realidad concreta. Y es ahí donde reside todo cambio. Por eso, de nuevo, es tan auténtico y fundamental nuestro libre albedrío. Nadie ni nada nos puede obligar a pensamientos ni acciones; la lealtad nos la debemos únicamente a nosotr@s mism@s y a nuestr@s hij@s... y eventualmente a nuestras parejas. Más allá, nada es. Y mil posibilidades existen.



Mil gracias por tu lectura.





Soy Amor Rodriguez Girgenti, terapeuta en Registros Akáshicos, Alineación del Alma y Terapia Regresiva. Kinesióloga, instructora de meditación, maestra de Reiki, Trance Healer y coach. Terapeuta en Flores de Bach y en Péndulo Hebreo. Licenciada en Historia del Arte y experta en educación e e-learning. Pongo al servicio de las personas mis conocimientos y formación para facilitar el contacto de cada alma con su interior sagrado. Así progresamos y florecemos en nuestra vida actual a todos los niveles.

Puedes contactarme en el (0034) 651 39 37 52.

Gracias de nuevo por tu lectura. Te deseo gran felicidad en tu camino.

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